Sunday, September 25, 2005

HOMOSEXUALIDAD, LINGÜÍSTICA Y RELIGIÓN


HOMOSEXUALIDAD, LINGÜÍSTICA Y RELIGIÓN

En un estado a la altura del Nuevo Milenio, con una lengua del Renacimiento, una Iglesia de la Inquisición … ¿ y los ciudadanos, dónde estamos ?


Hace escasamente un par de meses que el Gobierno Español consiguió la aprobación en el Parlamento de una ley histórica que pretende otorgar unos derechos a un colectivo que debe rondar el 10 % de la población.

Aunque no hubo unanimidad en la votación, cierto es que hubo una mayoría que favorecía dicha Ley al poder constatarse que existía división en el propio seno del Partido Popular, único partido disidente. Dentro de este partido existe un colectivo gay que expresó su disconformidad al rechazo de sus dirigentes a esta Ley. Además, en silencio, muchos partidarios del PP han desaprobado una ley que otorgaba libertad para ejercer sus tendencias sexuales, cosa que algunos “peperos” ya ejercen a escondidas.

España, con esta Ley, se convirtió en el cuarto estado que aprobaba el matrimonio homosexual en el mundo. No sin polémica desde que el PSOE anunciara su inclusión en su programa electoral en 2004, la ahora Ley es una acción propia del Siglo XXI y parece buscar una aceptación de una práctica existente en una sociedad moderna, la unión de parejas del mismo sexo. Ganadas las elecciones, el partido vencedor en el 14 M tenían el deber ético de cumplir con sus compromisos electorales, entre los cuales estaba esta Ley.

En su perfecto derecho ha estado el PP de cuestionar dicha Ley durante su tramitación en el Parlamento aunque la ciudadanía sabía que no todos sus votantes en esas elecciones hubiesen apoyado un voto negativo de este partido. En dos mandatos consecutivos, los gobiernos del PP hicieron oídos sordos a los diversos intentos de presentar una ley consensuada de parejas de hecho donde se incluía el derecho de las parejas del mismo sexo.

Transcurrido ya un tiempo sin una declaración clara sobre cualquier acción sobre la Ley aprobada por mayoría y con consenso de todas las demás formaciones políticas, el PP ha optado presentar un recurso al Tribunal Constitucional sobre la Ley.

Como ciudadano no inscrito en ningún partido político, no es de mi incumbencia la mecánica de dirección de partido alguno pero como votante, sí es mi privilegio optar entregar mi voto a un partido u otro. Es desde esta postura que escribo mis pensamientos.

Desde una postura que pretendo sea imparcial en la medida que mis condiciones personales puedan permitir, debo analizar la secuencia de lo ocurrido en estos últimos meses empleando las referencias de la Historia no tan reciente.

Hemos observado la interacción entre tres conceptos – homosexualidad, lingüística y religión.

En primer lugar, la Historia nos demuestra que la homosexualidad ha existido varios milenios, incluso antes de que tuviéramos una lengua propia o se impusiera en la península la Cristiandad como religión dominante. Durante todos esos años, siglo tras siglo, en el entorno ibérico con el paso de íberos, godos y visigodos, griegos y romanos, fenicios y musulmanes, no hemos constatado una postura recriminatoria y castigadora de los actos sexuales entre personas del mismo sexo, hasta que llegamos a la Historia Contemporánea. La llegada al poder de un militar autoproclamado salvador, respaldado por el poder religioso afincado en nuestra tierra, implanta en España el primer acoso a los que no comparten un concepto tradicional del sexo y de la unión religiosa. Solamente los países árabes que se rigen por severas normas religiosas tienen una postura encorsetada parecida.

En segundo término, el antiguo castellano hoy llamado español, es un idioma de raíz predominantemente romana y el término “matrimonio” sin lugar a duda procede de nuestras raíces lingüísticas y nuestra sumisión a las leyes del Imperio Romano que nos rigieron durante siglos. Desde entonces, la unión entre dos personas ha dado la preferencia a la parte femenina, por su papel de portar en su vientre a la criatura engendrada en el proceso de procreación. También se depositaba en la madre la obligación de la educación de todo fruto de una unión. Sin embargo, al varón se le daba la potestad de llegar hasta a repudiar a la madre y el derecho de imponer el camino que “sus engendros” hasta el momento de su emancipación. Ya la sociedad romana aceptada la posibilidad de rupturas de la pareja o separación del tronco maternal de los descendientes. Se conocen tanto amoríos como relaciones homosexuales a lo largo de toda la Historia del Imperio Romano y en ningún momento aparece repudiada ninguna persona, ni siquiera en las clases patricias o de los que ostentaban el poder.

En tercer lugar, tenemos la influencia de las religiones sobre los hábitos sociales de los distintos pueblos. La primera referencia sobre la homosexualidad en términos religiosos quizá aparezca en el Viejo Testamento del Judaísmo al referir a las ciudades de Sodoma y Gomorra. La Cristiandad no toma relevancia hasta la decadencia del Imperio Romano, donde finalmente acaba siendo adoptado como religión reconocida por no menos que un emperador, Constantino. Siempre se ha dicho que el gobernante fue influido por su madre, Helena, para tomar ese paso imperial hacia el cambio en el terreno religioso. En sus primeras andaduras como religión no perseguida, el Cristianismo ni refleja reglas sobre el celibato ni la homosexualidad, aunque si predica la necesidad de formalizar mediante un sacramento el matrimonio. Más tarde Mahoma se dio a conocer como profeta y marcó una nueva tendencia religiosa en una línea parecida a la predicada por los seguidos de Cristo pero con su adaptación a los pueblos del desierto. Su concepto de unión daba cabida a algo jamás contemplado por los cristianos, la poligamia. La predominante posición del hombre sobre la mujer quedó bien patente y el papel femenino en la unión quedó reducido prácticamente a la nada.

Tras este somero paseo por la Historia no tan reciente, pretendemos proceder a un análisis constructivo que nos aclare lo que nos ha llevado a la situación hoy de los homosexuales dentro de una sociedad del Nuevo Milenio. Veremos como la confluencia de los tres – homosexualidad, lingüística y religión –acaban fundiéndose para ejercer influencia en el tiempo presente. Es la era que vivo y que me concierne, el HOY.

Los convenios sociales de las sociedades modernas del este Nuevo Milenio son un compendio de hábitos aceptados en las relaciones humanas que no quedan limitados a un único modelo de convivencia ni a una única exclusiva normativa o legislación, sino más bien todo lo contrario.

A pesar de una cierta concordancia del mundo desarrollado en aceptar algunas normas no escritas de conducta aplicable a todo el mundo, hasta el punto de la imposición de éstas sobre sociedades menos desarrolladas y hasta tribales, ni siquiera los estados más influyentes logran acordar entre si unas únicas pautas de conducta. Esto es así porque la estabilidad individual se basa en tres elementos primordiales para la definición del individuo – sus genes, su educación y formación, sus vivencias. Y dentro de cada sociedad existen numerosos individuos que son como electrones alrededor del núcleo de una sociedad y sus reglas de juego. ¿ Cómo, pues, compaginar tantos puntos de vista divergentes ?

Cada país con sus individuos tiene un modo de ejercer sus ideas en la lengua en cual practicó su aprendizaje y vivió todas sus experiencias. Además, esas ideas pueden haberse desarrollado a conceptos bajo la influencia de una religión o de varias creencias. Es más, en el seno de sus ancestros habrá escuchado opiniones que puede hasta haber hecho suyas de temas varios, incluido la homosexualidad. Por lo tanto, cada individuo tiene una preconcepción de lo que socialmente considera aceptable y esta e su perfecto derecho a aferrarse a lo conocido o indagar para seguir aprendiendo lo que aún desconoce. Allí radica la esencia del progreso.

Los 65 años transcurridos tras el fin del conflicto conceptual en territorio español han marcado hitos relevantes hacia el progreso. A pesar de la reticencia de uno y otros, finalmente, ciertas barreras han sido superadas y aunque a regañadientes, la inmensa mayoría hemos aprendido a convivir con nuestras creencias y a tolerar la de los demás. He dicho – CASI TODOS. Eso es lo lamentable en este el Nuevo Milenio. Si en los años ’40 se pretendió desterrar para siempre a los rojos de España, a finales de los ’70 volvimos a reconocer que eran tan españoles como nosotros un Santiago Carrillo, una Pasionaria o un Tarradellas.

A pesar de un leve sobresalto “en nombre de España y de la moral” en 1981, el avance hacia una convivencia democrática ha marcado la vida de estas últimas décadas. Se ha aprendido a respetar la voluntad de la mayoría y a intentar aceptar hasta aquello que “aún no se comprendía del todo”. España tomaba su sitio entre los países amantes de la libertad y la democracia.

Es por ese motivo que la acción del mayor partido de la oposición en esta Legislatura de impugnar ante el más alto tribunal judicial del Estado Español una Ley aprobada por mayoría y que tiene apoyo ciudadano en amplia mayoría nos ha parecido un cambio de tendencia en las reglas de convivencia plasmadas en estas casi tres últimas décadas.

Me produce cierta pena ver que en la Era de la Información y la Creatividad algún político aún pueda pensar que cada individuo, ciudadano de este país pueda estar incapacitado de analizar datos y hechos y tomar posturas propias ante los temas relevantes de la actualidad española.

Como nunca he hipotecado mi independencia de criterio a unos preceptos políticos o religiosos, sin por ello haber ejercido mi individualidad en esos terrenos, me siento legitimado para valorar las acciones de aquellos que actúan para captar mi voto o mi espiritualidad.

La España de hoy, si es verdaderamente libre, tiene que ser sincera y transparente. Es innegable que existe una parte de peso de la población que o bien ejerce la homosexualidad o es tolerante de los que desean ejercer ese concepto de la sexualidad. Los homosexuales españoles que rondan la décima parte de la población están compuestos por individuos de diversos estratos sociales, procedente de senos religiosos o ateos, profesionales liberales o meros trabajadores, hombres o mujeres … Mientras unos ejercen sus derechos sexuales sin el menor temor a la opinión ajena pero sin por eso increpar a la libertad de los demás, otros siguen reprimidos en sus deseos, viviendo solamente fantasías mentales o escapadas en secreto para satisfacer su sexualidad. Algunos hasta ejercen una doble vida – fieles maridos o esposas en matrimonio cristiano mientras sus sentimientos y fantasías rondan “la otra acera”.

Esta hipocresía tan propia de siglos pasados y con fuerte arraigo en las clases distinguidas del XXVIII y el XIX, no tiene lugar en este siglo, el XXI. El problema radica en que la sociedad civil en España, con la llegada de la democracia hace más de un cuarto de siglo vivió una separación del poder político del poder de la Iglesia. Por consenso, se establecieron unas reglas de juego para el mutuo respeto de las respectivas competencias, lo que permitió volver a instaurar en España el divorcio y la libertad de elección de creencia.

Muy al pesar de los acérrimos defensores de la Fe la implantación progresista de hábitos tan deseadas durante años no ocasionó el debacle del Estado ni la desaparición de la sociedad española, como tanto auto-declarado profeta catastrofista había anunciado. La permisividad del entorno familiar no era muy distinto del ejercido de el Siglo XX, aunque si se notaba una mayor naturalidad en el ejercicio de los papeles. Hasta notables, entre ellos algunos relevantes políticos en el ejercicio del poder apostaron por ejercer sus derechos de separarse de sus cónyuges o mantener relaciones extramatrimoniales. Tampoco extrañó cuando alguna personalidad política asumió su relación en pareja con alguien de su mismo sexo.

De pronto, desde la sede del cristianismo comenzaron a llegar consignas en contra de tanto libertinaje en lo que en otros tiempos había sido el bastión del catolicismo en el mundo. La Iglesia tenía que poner freno a todo lo ocurrido sobre todo porque aparecieron claros signos de las prácticas homosexuales en los semilleros de los futuros sacerdotes, los seminarios. La Fe estaba pasando por sus momentos más bajos no sólo en España sino en terrenos que una vez le fueron tan propicios para la Iglesia Católica, los países de Ibero-América.

Además, España ha compartido tanto su religión como su lengua con los habitantes de aquellas tierras en su día colonizadas para la Corona y la Fe.

¿ Verdaderamente, hay conflicto entre la Iglesia y la práctica de la homosexualidad en pareja ? Si lo hay, debo ser tan ingenuo que no lo he detectado en mis seis décadas de vida.

Debo volver a la Historia y plantarme hace aproximadamente 500 años en el Estado del Vaticano, con sus papas guerreros y artistas. Allí floreció el arte y el pensamiento y precisamente fueron papas de la Iglesia Católica los que auparon a dos conocidos homosexuales al reconocimiento de sus dotes en el arte y en las ciencias – Miguel Ángel y Leonardo DaVinci. Ya entonces, fueron parte de la grandeza de la Iglesia, uno pintando sus frescos el todo lo alto de la Capilla Sixtina y el otro su Última Cena. Los gobernantes de la Iglesia entonces ni fruncieron el ceño al valorar a estos célebres hombres en su arte ni condenaron sus tendencias homosexuales en su amor.

Hoy, tenemos aún la obra de Miguel Ángel presidiendo los cónclaves cardenalicios que eligen a los pontífices, como ha sido el caso de éstos dos últimos – Juan Pablo II y Benedicto XVI, que tan vehementemente han condenado la unión entre personas del mismo sexo.

Si se han modernizado hasta las técnicas de emisión de las fumatas, me pregunto - ¿por qué no es posible replantearse algunos dogmas de fe impuestos por papas de siglos pasados ? ¿Habrá que esperar 500 años, como pasó con el reconocimiento de Galileo y sus teorías, para lograr reconocer las tendencias naturales de los seres humanos homosexuales ?

En cuanto a la lengua, mi sed de aprender siempre me hace plantear preguntas en términos de lógica confusa para permitir que algo más que ideas pre-concebidas tengan cabida en mis pensamientos. Por lo tanto, me he planteado si la semántica de la lingüística aplicada tiene prioridad sobre la capacidad emocional del ser humano o si es todo lo contrario, que la aplicación de la lengua esta condicionada por las emociones expresadas en sentimientos y actos del ser humano.
Yo me inclino a lo último. Lengua no es otra cosa que el instrumento para la comunicación entre seres con características similares y vivencias compartidas – por lo tanto el español (procedente del castellano de la Vieja Castilla) con su implantación en la península se extiende hace ya más de 500 años al otro lado del Atlántico, como vínculo con los pueblos de aquellos continentes americanos. Y me inclino a favor de que nuestra lingüística considere una realidad irrefutable – EL HOMBRE TAMBIÉN ES CAPAZ DE TENER SENTIMIENTOS MATERNOS. Por lo tanto, la lengua común, el español, debe contemplar esa emotividad del varón en clave femenina, igual que debe contemplar la masculinidad sentida por algunas mujeres, en sus relaciones hacia otra mujer. La lingüística aplica se construye en base al uso de que se da a una lengua, por cual razón se han aceptado usos inicialmente afines a unos territorios hispano-parlantes, hoy aceptados por la Real Academia de la Lengua Española. ¿Si se llega a dar cabida a expresiones anglo-sajonas como “blujins” (bluejeans) en el diccionario de la Academia, cómo se va a negar dar cabida en la interpretación de “mater” en ese diccionario a los sentimientos socialmente atribuidos a las mujeres madres sentidos por personas del mismo sexo, o cubrir con la palabra matrimonio los sentimientos de amor y deseo de unión entre dos varones o dos mujeres, uno de los cuales expresa voluntariamente sentimientos maternales en su relación con la otra parte en esa pareja ?

En conjunto, el Siglo XXI ya ha demostrado que hay hueco para la comprensión de aquello no del todo conocido, siempre que el ejercicio de los derechos de un colectivo, no infrinjan graves perjuicios a los derechos de otros colectivos. La sociedad actual, en donde se emplea más de una lengua y se practica más de una creencia religiosa, no puede imponer cortapisas al progreso ni de las distintas lingüísticas aplicadas ni de las variaciones en las creencias religiosas, y menos en la libertad de poder amar a la persona elegida libremente, irrespectivo del sexo de ésta.

Si la semántica lingüística tiene mayor importancia que mi derecho individual a ejercer libremente mi emparejamiento para disfrutar el compartir mi amor, entonces me niego a considerarme español y cristiano y me niego a comunicar en una lengua que coarta el libre ejercicio de mi inteligencia emocional para desarrollar mis pensamientos y sentimientos.

Quiero pertenecer a un Estado que vive el hoy con mente abierta hacia mejoras que conduzcan a una convivencia con calidad global en la vida de los ciudadanos que en él vivimos. Quiero pensar en ciudadanos que no se paran a pensar en algo novedoso simplemente porque la contradicción con sus convicciones religiosas más que por su propia ética humana.

Si se puede entretener al más alto estamento judicial el Constitucional, en tareas que nacen de disputas radicadas más en las formas que en el fondo de la cuestión, habiendo problemas realmente relevantes pendientes de atención por ese Tribunal, entonces debe ser que nuestros políticos – o son unos irresponsables que no sopesan sus acciones, o son unos egoístas partidistas que no piensan en el bien común sino en acciones tácticas para sus propios fines, políticos o religiosos.

Señores políticos, defínanse por favor. Hablen claro de una vez para que sepa, como ciudadano, a que atenerme y a quien no votar ni confiar en el futuro.